miércoles, 8 de abril de 2026

 

De la hegemonía al desierto

Durante casi cuatro décadas, el PSOE gobernó Andalucía como si la Junta fuera una extensión natural del partido. Desde 1982 hasta 2019, ningún otro partido pisó los despachos del Palacio de San Telmo. Esa continuidad, que durante años pareció una muestra de arraigo popular, acabó convirtiéndose en la primera causa de su ruina.

El resultado de las autonómicas de 2022 fue demoledor: el PP logró mayoría absoluta con 58 escaños, mientras el PSOE se desplomaba hasta los 30 y el 24% de los votos, su peor registro histórico. Para dimensionar la caída: en 1982 habían obtenido 66 escaños. En cuarenta años, el partido pasó de ganar en 422 de los 772 municipios andaluces a perder hasta los feudos más simbólicos: Huelva, Jaén, Sevilla. El mapa se tiñó de azul en su totalidad.

¿Cómo se llega a ese punto? No hay una sola respuesta, sino una acumulación de fracturas que durante años se fueron abriendo en silencio.

El primer gran factor es la propia duración del poder. Casi cuarenta años de gobierno ininterrumpido producen lo que algunos analistas denominan "fatiga de materiales": burocratización del aparato, liderazgos renovados solo a medias, redes clientelares que sustituyen al proyecto político y, sobre todo, una identificación progresiva del partido con la administración en lugar de con la ciudadanía. Para muchos andaluces, el PSOE no era ya un partido de gobierno sino el gobierno mismo, con todo lo que eso implica de rutina y alejamiento.

Y luego llegó el caso ERE, que aunque aún se dude de la legalidad de las condenas, las dudas por el uso irregular de fondos públicos no fue solo un escándalo judicial: fue el relato perfecto para quienes llevaban años construyendo la narrativa del "fin del socialismo andaluz". Muchos miembros del propio partido consideraron que lo sucedido era "bochornoso". Ese adjetivo, resumía mejor que cualquier análisis el estado moral en que había quedado la federación andaluza.

Pero el declive no ha sido solo cuestión de escándalos. La hegemonía socialista siempre descansó en el voto rural, en los municipios pequeños y medianos, en las provincias donde el peso histórico del jornalero y del latifundio había convertido al PSOE en sinónimo de dignidad. Ese tejido social existe, pero Andalucía es hoy una comunidad más urbana, más diversa y con unas clases medias que ya no se reconocen automáticamente en el socialismo de otra época.

El PP comprendió mejor esta transformación. Fue ocupando las ciudades, las clases medias técnicas, el votante de centro que quería estabilidad sin ideología rígida. Para las autonómicas de 2022, Juanma Moreno ya había consolidado ese perfil: moderado, gestor, sin aristas. Mientras, el PSOE seguía buscándose a sí mismo después de la traumática guerra entre Susana Díaz y Pedro Sánchez en las primarias federales de 2017, un conflicto que presentó a la federación andaluza como el bastión del aparato frente a la renovación, y que dejó heridas que aún no han cicatrizado del todo.

Además a todo eso hay que sumar la fragmentación de la izquierda. Podemos, IU, Adelante Andalucía, Por Andalucía... Mientras el centroderecha se concentraba en el PP tras la desaparición de Ciudadanos, el espacio progresista se disgregaba en siglas incapaces de transmitir un mensaje unitario. El resultado fue que el votante que quería frenar a la derecha no encontraba dónde colocar su voto con convicción.

La buena noticia es que el suelo electoral de 2022 no es el destino inevitable. En las municipales y generales de 2023, el PSOE andaluz recuperó cerca de medio millón de votos. La mala noticia es que eso, por sí solo, no basta para reconstruir una hegemonía.

La estrategia pasa por varios ejes que deben activarse de forma simultánea y urgente. El primero es la renovación orgánica real: no basta con cambiar caras; hay que cambiar la lógica. Las agrupaciones locales necesitan cuadros con arraigo social genuino, vinculados al movimiento vecinal, sindical, feminista y ecologista, no solo a los circuitos internos del partido.

El segundo eje es construir un proyecto programático nítidamente andaluz. El PSOE-A ha de convertirse en el intérprete político de los problemas reales de la comunidad: el desempleo juvenil, la vivienda, la sanidad pública, la educación pública, la brecha territorial entre provincias. Un andalucismo cívico y socialdemócrata que conecte autonomía con derechos sociales efectivos.

El tercero, el más incómodo pero el más necesario: gestionar con honestidad la herencia de los ERE. No basta con el argumento formal de que no hubo financiación ilegal del partido. La ciudadanía necesita ver qué ha cambiado, qué mecanismos de control se han introducido, qué garantías existen de que eso no vuelva a ocurrir. La regeneración no puede ser una declaración de intenciones; tiene que ser un código de conducta verificable.

Por último, el partido necesita desenmascarar al PP del falso marco narrativo de la "gestión moderada" mientras se hacen políticas de privatización de los servicios públicos. Eso solo se consigue con datos, con propuestas concretas y con liderazgos capaces de conectar con generaciones que no votan por herencia sino por convicción de la necesidad del cambio social.

Me temo que el horizonte realista no es 2026, aunque estas autonómicas serán el primer gran test. El camino ha de empezar ahora, y cada año que se pierda en la parálisis, es un año que el PP tomará ventaja instalando sus propias redes en el territorio. Andalucía no se pierde dos veces. O quizás sí, si el partido no aprende la lección.

La razón de este blog

“Urna Abierta” nace de una idea muy sencilla que siento muy mía: cuando la gente de izquierdas no vota, otros deciden por nosotras y nosotr...