¿La última oportunidad?

El
sistema electoral penaliza de forma directa la fragmentación de la izquierda,
convirtiéndose en un factor determinante para que la derecha mantenga su
hegemonía. Según las fuentes, los efectos principales serían los siguientes:
- Pérdida
de votos bajo los umbrales provinciales: La división provoca que muchos votos progresistas
se desperdicien al no alcanzar el mínimo necesario en cada provincia para
obtener representación. Una candidatura unitaria, por el contrario,
permitiría una mejor traducción en escaños de cada punto de voto
obtenido.
- Ventaja
estructural para la derecha:
El Partido Popular cuenta con que la izquierda llegue dividida para que el
sistema electoral "haga el resto del trabajo". La unidad de la
izquierda restaría al PP parte de esa ventaja estructural que hoy
le facilita rozar o revalidar mayorías absolutas.
- Conversión
en "actores marginales": En lugar de ser socios imprescindibles para un
gobierno, la fragmentación obliga a las fuerzas a la izquierda del PSOE a
convertirse en actores marginales que pelean por sobrevivir en cada
provincia. Esto ya se observó en 2022, cuando la división provocó que el
espacio a la izquierda del socialismo obtuviera menos de la mitad de los
escaños que habían logrado cuando concurrieron juntos en 2018.
- Desmovilización
del electorado:
Más allá de la aritmética, la división transmite una sensación de
"caos" que desincentiva a los sectores abstencionistas. La falta
de un proyecto reconocible y unido dificulta la movilización masiva
de cientos de miles de votantes necesaria para revertir la actual ventaja
de la derecha.
La
movilización y la unidad como imperativos
Para
que la izquierda tenga opciones reales, no basta con la resistencia de las
siglas tradicionales. Es imperativo movilizar a cientos de miles de
abstencionistas y ofrecer un relato de "bloque social" cohesionado
frente al bloque conservador. La fragmentación vivida en 2022, donde la derecha
se agrupó en torno al PP mientras la izquierda se atomizaba, fue letal.
Es fundamental que la izquierda a la izquierda del PSOE logre una candidatura unitaria que no desperdicie ni un solo voto por debajo de los umbrales provinciales. Solo así dejarán de ser actores marginales para convertirse en el socio imprescindible de una alternativa progresista.
Los
acuerdos, ya sean pre o postelectorales, deben cimentarse sobre principios
programáticos claros. Para el espacio a la izquierda del PSOE, los ejes deben
ser:
- Una
agenda nítidamente andalucista y feminista que ataque la
desigualdad territorial.
- Un
modelo productivo basado en el empleo verde y la sostenibilidad.
Por su parte, el socialismo debe aportar estabilidad y una gestión que reconecte con los sectores populares más golpeados por la precariedad. El punto de encuentro entre ambas fuerzas debe ser un plan de reconstrucción social que incluya el refuerzo de los servicios públicos, la lucha contra la pobreza y una profunda democratización institucional.
Lograr
esta unidad no está exento de obstáculos. Las fuerzas deben superar:
- Tensiones
de liderazgo: El
equilibrio entre un PSOE acostumbrado a la hegemonía y una izquierda que
reclama autonomía política.
- Diferencias
programáticas:
Visiones distintas sobre el modelo territorial (federalismo) y la relación
con el empresariado.
- Riesgo
de desdibujamiento:
Evitar que la unión se perciba como un simple "frente anti-PP"
sin un proyecto transformador propio.
La
derecha, liderada por un PP que proyecta una "centralidad tranquila"
y estabilidad, confía precisamente en que la izquierda llegue dividida para que
el sistema electoral haga el resto del trabajo. Si la izquierda no es capaz de
presentarse como un bloque sólido, Andalucía seguirá siendo el laboratorio de
una derecha hegemónica. La unidad ya no es una opción estratégica, sino
la única vía para que el gobierno de progreso deje de ser ciencia ficción.