Moreno Bonilla no puede pactar con Vox: la cordura tiene un precio que el PP no debería pagar
Hay momentos en que la
política se vuelve transparente. No por voluntad de sus actores, sino porque
las palabras quedan grabadas, las hemerotecas no mienten y las contradicciones
acaban aflorando con la fuerza de lo evidente. Juanma Moreno Bonilla se encuentra
hoy en uno de esos momentos.
El presidente de la Junta
de Andalucía ha tenido la honestidad intelectual —o quizás la necesidad
táctica— de desnudar ante la ciudadanía lo que verdaderamente son las
propuestas estrella de Vox. Y el diagnóstico no ha podido ser más demoledor:
irreales e ilegales.
Sobre la llamada
"prioridad nacional", esa bandera agitada por Santiago Abascal como
condición innegociable para cualquier pacto de gobierno, Moreno ha sido
inapelable. La ha calificado sin ambages de
"un eslogan un poquito hueco, pero un eslogan que
ellos creen que les funciona".
Y ha añadido algo aún más
relevante desde el punto de vista jurídico: que dicha prioridad nacional entra
en conflicto directo con la ley orgánica del estatuto de autonomía y con la
propia Constitución Española. En sus propias palabras:
"el eslogan de campaña [...] la prioridad nacional,
está muy bien, pero hay una cosa que está por encima [...] que se llama ley
orgánica de estatuto de autonomía y Constitución Española".
Y para que no quedara
margen a la interpretación, remató: el Partido Popular no lo va a hacer nunca.
Pocas veces un líder político ha argumentado con tanta contundencia la
incompatibilidad de sus propios socios potenciales.
Si en la "prioridad
nacional" la distancia es profunda, en materia migratoria se convierte en
un verdadero abismo. Vox construye su relato criminalizando sistemáticamente a
las personas migrantes, vinculando la inmigración irregular con la delincuencia
y apelando a un rechazo que va más allá de cualquier fundamento legal o
empírico.
Moreno, en cambio, ha
optado por la realidad frente al espectáculo. Ha defendido que los migrantes
son necesarios en Andalucía, reconociendo que sectores enteros de la economía
andaluza —el campo, la hostelería, la construcción— colapsarían sin esa aportación.
Ha pedido a Abascal que piense bien en lo que los migrantes aportan a España.
Ha tachado los discursos de Vox en este ámbito de propagandísticos. Y en el
caso específico de los menores no acompañados, ha proclamado que les profesa el
máximo de consideración y que su protección es irrenunciable.
No hay forma de cuadrar
ese círculo. No existe geometría política que permita gobernar conjuntamente a
quien considera necesaria la inmigración ordenada e integrada y a quien la
convierte en un vector de alarma social permanente. Intentarlo no sería una cesión
táctica: sería una contradicción existencial con consecuencias reales para
personas reales.
Y aquí es donde la
reflexión se vuelve más incómoda para la izquierda andaluza, pero también más
necesaria. Porque si Moreno Bonilla ha construido con sus propias palabras el
alegato más sólido contra una alianza estable con Vox, cabe preguntarse qué papel
debe jugar el PSOE de Andalucía ante una eventual investidura.
La respuesta no es
sencilla, pero sí posible: una abstención total o, al menos, parcial. No como
renuncia a sus principios ni como apoyo ideológico al PP, sino como acto de
responsabilidad institucional ante una alternativa que sería mucho peor: un
gobierno de coalición formal entre el Partido Popular y Vox.
La exigencia del PSOE
sería única y verificable: que el PP se comprometa, de forma explícita y
pública, a no suscribir ningún pacto global de gobierno con Vox. Que los
acuerdos con la formación ultraderechista, si alguna vez fueran necesarios para
sacar adelante medidas concretas, sean exactamente eso: puntuales, limitados,
sometidos al escrutinio parlamentario caso a caso, y nunca convertidos en una
hoja de ruta compartida de gobierno.
No se trata de darle a
Moreno Bonilla una carta blanca. Se trata de impedirle la peor de las opciones:
la de quedar atrapado en una alianza que le haría traicionar sus propias
palabras y que arrastraría a Andalucía hacia políticas que él mismo ha calificado
de ilegales.
Se escuchará,
inevitablemente, la objeción habitual: ¿por qué el PSOE habría de facilitar la
gobernabilidad al PP sin obtener nada a cambio? La respuesta es que sí obtiene
algo, y algo de enorme valor: la garantía de que Vox no entrará en el gobierno
de Andalucía con un programa compartido, con consejerias repartidas, con
políticas de exclusión y recorte de derechos institucionalizadas.
No es un regalo al
adversario. Es un cortafuegos contra el escenario más dañino. Y es, también,
una forma de colocar al PP ante el espejo de sus propias contradicciones: si
Moreno Bonilla ha dicho que las propuestas de Vox son inconstitucionales y
propagandísticas, tendrá que demostrarlo con hechos, no solo con palabras.
La abstención condicionada
—con esa única exigencia— daría al PSOE andaluz una posición de mayor firmeza
moral y política que la del bloqueo sistemático. Bloquear por bloquear puede
acabar siendo la coartada que justifique precisamente lo que se quiere evitar.
Abstenerse con una condición clara y pública, en cambio, pone toda la
responsabilidad en manos del PP.
Si Moreno acepta esa
condición, Andalucía tendrá un gobierno estable sin el lastre de la extrema
derecha como socio estructural. Si la rechaza, el PSOE habrá demostrado ante la
ciudadanía quién estaba dispuesto a gobernar con madurez y quién prefería el abrazo
de Abascal.







