La mayoría que no existe: el sofá le dio el poder a Moreno Bonilla
El 19 de junio de 2022, los titulares proclamaron una "ola azul" sobre Andalucía. Juanma Moreno arrasó, decían. El PP conquistó una mayoría absoluta histórica. Nadie discutió el resultado. Pero hay una lectura que casi nadie hizo, y que los datos del escrutinio oficial cuentan sin ambigüedad: Moreno Bonilla no ganó convenciendo a Andalucía. Ganó porque una parte muy grande de ella decidió no aparecer.
El PP obtuvo el 43% de los votos emitidos. Ese es el titular. El dato que no sale en portada es otro: ese 43% representa apenas el 23% del censo total de 6.641.856 andaluces con derecho a voto. Menos de uno de cada cuatro. La mayoría absoluta que gobierna esta comunidad la sostiene, en realidad, una minoría del electorado potencial.
¿Quién ocupa el resto del espacio? Fundamentalmente, quienes se quedaron en casa. La abstención alcanzó el 41,67%, lo que equivale a 2.633.145 personas que no ejercieron su derecho al voto. Para ponerlo en perspectiva: hubo más andaluces que optaron por no votar que votos recibió el Partido Popular en total.
La abstención no es neutral. No se reparte de forma uniforme entre los distintos electorados. Los estudios demoscópicos y la evolución histórica de los datos en Andalucía muestran de forma consistente que la abstención castiga más duramente a los partidos de izquierda que a los de derecha. El votante conservador tiende a acudir a las urnas con mayor fidelidad, incluso cuando su entusiasmo es moderado. El votante progresista, en cambio, se desmoviliza más fácilmente ante la falta de un relato ilusionante, el desencanto con sus referentes o la percepción de que "da igual".
En 2022, la izquierda andaluza se presentó a las elecciones rota en tres pedazos: el PSOE-A, Por Andalucía y Adelante Andalucía. Juntas, esas tres fuerzas sumaron alrededor del 45% de los votos emitidos, pero solo obtuvieron 37 escaños frente a los 58 del PP. La Ley D'Hondt hizo el resto: el voto fragmentado se diluye, los escaños se concentran en quien llega primero y de una pieza.
Los datos provinciales son especialmente reveladores. En Cádiz, la abstención fue del 47% mientras el PP no llegó al 43% de los votos. En términos prácticos: en la provincia más históricamente ligada a la izquierda andaluza, hubo más gente que pasó de votar que gente que votó al partido ganador. En Huelva, la situación fue prácticamente idéntica, con una abstención del 45% frente al 42% del PP. En Sevilla, la mayor provincia, el patrón se repite.
Estas no son provincias donde la derecha haya construido una hegemonía cultural o electoral sólida. Son provincias donde la izquierda, sencillamente, no fue a votar.
La narrativa de la "ola azul" tiene una función política precisa: instalar la idea de que Andalucía ha dado un giro ideológico profundo, que el conservadurismo es la nueva normalidad de esta tierra. Los datos dicen otra cosa. Moreno Bonilla gobierna con poder absoluto teniendo en contra, o en el sofá, a tres de cada cuatro andaluces con derecho a voto.
La pregunta que debemos hacernos la izquierda no es solo cómo ganar elecciones. Es mucho más incómoda: ¿qué estamos haciendo para que millones de personas que ideológicamente comparten nuestros valores prefieran quedarse en casa antes que ir a defenderlos? Mientras esa pregunta no tenga respuesta, los escaños de Moreno Bonilla seguirán dependiendo, en buena medida, del desencanto ajeno.













