El último alegato: o votas, o eligen por ti
Todo lo que he denunciado en este blog tiene una sola solución. Y cabe en un sobre de votación.
Llevo algún tiempo contando lo mismo desde ángulos distintos. Lo he
dicho con datos, con análisis, con frialdad y con rabia. Lo he dicho hablando
de sanidad, de vivienda, de cuidados, de medioambiente, de salarios, de
legalidad y de democracia. Lo he dicho de todas las formas posibles porque creo
que la verdad, cuando se repite con argumentos sólidos, acaba calando.
Hoy lo digo por última vez antes de las urnas. Y lo digo de
la forma más directa que sabemos.
Si eres de izquierdas y no vas a votar, estás votando al
PP.
No es una provocación. Es aritmética.
He tratado de demostrar, entrada a entrada, que lo que
ocurre en Andalucía no es fruto del azar ni de la inevitabilidad. Es el
resultado de una elección política sostenida durante años por un gobierno que
ha gobernado para una minoría del censo.
He documentado que más de un millón de pacientes
esperan en las listas sanitarias andaluzas, que la espera quirúrgica media
supera los 173 días, y que la respuesta del gobierno no ha sido reforzar lo
público sino derivar a lo privado, encareciendo el sistema y vaciándolo por
dentro.
He explicado que el precio de la vivienda subió un 44%
entre 2015 y 2023, mientras los salarios apenas crecían un 13%. Que en
Cádiz, una habitación se lleva el 40% del salario medio. Que dos tercios de los
jóvenes andaluces no pueden emanciparse, no por capricho, sino porque el modelo
los expulsa.
He mostrado que las mujeres sostienen un sistema de cuidados
que el Estado ignora sistemáticamente, que 488 días de espera media para
tramitar la dependencia no es un retraso burocrático sino una decisión
política, y que Vox no cambiaría nada de esto porque comparte con el PP
exactamente la misma indiferencia de fondo.
He recordado que las leyes medioambientales andaluzas se
aprobaron en tiempo récord y sin debate para facilitar el negocio, que el 60%
de las masas de agua de Andalucía está en mal estado, y que cuando el
territorio sangra, el gobierno llama "Revolución Verde" a lo que los
ecologistas llaman, con datos, una regresión.
He desenmascarado la retórica de la "prioridad
nacional" de Vox como lo que es: una maniobra para que la gente con menos
dirija su frustración hacia quien tiene todavía menos, en lugar de hacia
quienes controlan los recursos y las decisiones.
Y he demostrado, con los datos del escrutinio oficial de
2022, que Moreno Bonilla no ganó Andalucía: la ganó el sofá. Con el 23%
del censo real apoyándole, gobierna con mayoría absoluta porque dos millones y
medio de andaluces decidieron no aparecer. La mayoría que lo sostiene no es una
mayoría ideológica. Es el silencio organizado del desencanto.
Cada vez que alguien dice "todos son iguales" o
"no sirve de nada", está tomando una decisión política. Solo que no
lo reconoce como tal.
La abstención no se distribuye de forma uniforme. No le
resta igual a todos. En Andalucía, históricamente y de forma consistente,
castiga más a la izquierda que a la derecha. El votante conservador va a votar
aunque no esté entusiasmado. El votante progresista, cuando se desencanta, se
queda en casa. Ese asimétrico reparto del desánimo es lo que convierte a una
minoría del electorado real en una mayoría parlamentaria.
Quedarse en casa pensando que uno no participa en el sistema
no es salir del sistema. Es dejar que otros lo manejen solos y sin oposición.
El lío que quería evitar Moreno Bonilla —como he escrito
en estas páginas— no era el lío político. Era el lío de que alguien le exigiera
gobernar para todos. Ese lío, el único que merece la pena, no se organiza desde
el sofá. Se organiza desde las urnas.
La trampa del voto útil reaparece en cada ciclo como si
fuera nueva. Funciona así: te dicen que votar a quien realmente te representa
es "tirar el voto", que solo importa concentrarse en la papeleta más
grande para ganar al rival. El argumento tiene una lógica superficial que se
deshace en cuanto se piensa un poco.
El voto no es solo un instrumento para ganar o perder. Es la
forma en que la ciudadanía le dice al sistema qué representa y cuánto. Una
izquierda fragmentada que vota íntegra —aunque sea a distintas papeletas— es
una izquierda que existe, que pesa, que condiciona agendas y que manda señales
claras sobre lo que importa. Una izquierda que renuncia a sus opciones para
concentrarse en la "menos mala" es una izquierda que se autocensura
antes de que nadie le pida que lo haga.
Votar a quien uno verdaderamente representa no es tirar el
voto. Es ejercer la democracia de la única forma honesta en que puede
ejercerse.
He escrito decenas de artículos en este blog. He intentado
ser preciso, documentado, riguroso. He intentado que cada afirmación tuviera
respaldo en datos reales. He intentado no caer en la consigna fácil porque creo
que la gente merece argumentos, no eslóganes.
Pero hoy, en este alegato final, voy a ser directo de una
manera que los datos solos no pueden serlo.
Andalucía tiene todo para ser una tierra de oportunidades
reales. Tiene sol, tiene talento, tiene historia, tiene una cultura de
resistencia que ha sobrevivido a todo. Tiene gente que trabaja duro, que cuida
sin que se lo reconozcan, que estudia sin saber si podrá quedarse a vivir aquí,
que paga sus impuestos con la esperanza de que ese dinero vuelva en forma de
derechos.
Lo que no tiene es un gobierno que goce de ese todo. Lo que
tiene es un gobierno que administra el deterioro con sonrisa moderada, que
privatiza con lenguaje técnico, que ignora los cuidados con retórica de
libertad, que vende como "eficiencia" lo que en realidad es abandono.
Cambiar eso requiere una sola cosa que está al alcance de
cualquier persona con DNI y dieciocho años cumplidos.
No porque las opciones disponibles sean perfectas. No lo
son. Ningún partido es perfecto. Ningún programa electoral resuelve todo de la
noche a la mañana. La política real es lenta, frustrante y llena de compromisos
incómodos.
Pero hay una diferencia enorme entre un gobierno que
prioriza lo público y uno que lo desmantela. Entre uno que defiende los
derechos laborales y uno que los ignora. Entre uno que entiende la vivienda
como un derecho y uno que la trata como un activo financiero. Entre uno que
cuida el territorio y uno que lo entrega al especulador de turno. Entre uno que
construye Estado del bienestar y uno que lo vende a trozos.
Esa diferencia no se decide en los medios ni en las redes
sociales ni en las tertulias. Se decide en la mesa de la cocina, cuando se
dobla una papeleta y se mete en un sobre.
La razón por la que ha existido este blog, la idea que está en su
origen y que he repetido desde el principio, sigue siendo la misma:
Cuando la gente de izquierdas no vota, otros deciden por
nosotras y nosotros.
Ya hemos visto lo que deciden cuando los dejamos decidir
solos.
Ahora nos toca a nosotros.
Sal y vota.
Urna Abierta — Mayo de 2026

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