Balance electoral: La izquierda arrebató la mayoría al PP
El 17 de mayo de 2026 quedará grabado como la fecha en
que el bloque progresista demostró que Andalucía puede moverse. Moreno Bonilla
pierde dos escaños cruciales y se abre un tablero de gobernabilidad sin mapa.
Hay noches electorales que se
parecen a todas las demás —unos suben, otros bajan, el mapa cambia de tono pero
no de sentido— y hay noches que rompen algo. La del 17 de mayo de 2026 en
Andalucía fue de las segundas. Con una participación del 64,85%, la más alta
desde hace más de una década, los andaluces fueron a votar con la deliberada
intención de que algo cambiara. Y algo cambió: el PP pierde la mayoría
absoluta.
Lo primero que hay que decir, y hay
que decirlo sin matices, es que este resultado es un logro de la izquierda. No
porque la izquierda haya ganado —no ha ganado— sino porque ha cumplido el único
objetivo que estaba en su mano: arrebatarle al PP la comodidad del gobierno en
solitario. Cuatro años de mayoría absoluta popular han llegado a su fin no por
desgaste natural sino por la movilización de un electorado progresista que
decidió presentarse. La participación es la gran victoria de la noche.
Adelante Andalucía es el símbolo más
elocuente de ese giro: pasar de 2 a 8 escaños, multiplicar el voto por cuatro y
superar los 400.000 apoyos es mucho más que un buen resultado; es la
consolidación de un espacio a la izquierda del PSOE que en 2022 casi
desapareció del mapa. El proyecto sobrevive, crece y se convierte en actor
relevante del nuevo parlamento.
Moreno
Bonilla ganó todas las provincias y sumó votos. Y, sin embargo, no puede
gobernar solo. Eso es lo que ha conseguido la izquierda.
El problema de Juan Manuel Moreno
Bonilla no es pequeño. Dispone de 53 diputados cuando necesita 55. Le faltan
dos votos para cualquier investidura en primera vuelta. En segunda vuelta, con
mayoría simple, la aritmética es aún más exigente en términos políticos:
necesita que nadie le bloquee. Y el tablero que se le presenta está lleno de
esquinas.
El abrazo del oso: PP y Vox juntos. Es el escenario que más probabilidades matemáticas tiene y el que más le duele al PP. Vox suma 15 escaños y ha dejado claro desde el inicio de la campaña que buscará un pacto de gobierno con acceso a consejerías, no una mera abstención técnica. Su candidato Manuel Gavira ya marcó el camino: Extremadura, Aragón, el modelo de coalición explícita.
Para el PP, esto implica una doble
humillación. La primera, reconocer que su proyecto de "gobierno de
centro" necesita de la extrema derecha para sobrevivir. La segunda, y más
costosa, asumir las exigencias programáticas de Vox en materias como política
migratoria, igualdad, medioambiente o gestión de fondos europeos, terrenos en
los que el PP andaluz ha intentado construir una imagen moderada que este pacto
haría saltar por los aires. Gobernar con Vox en Andalucía sería, para Moreno
Bonilla, renunciar a la narrativa que le ha dado cuatro años de hegemonía.
Y sin embargo, las matemáticas
mandan. Si la alternativa es no gobernar, el PP terminará cediendo. La pregunta
no es si habrá acuerdo sino a qué precio.
La abstención estratégica del PSOE: el regalo envenenado. Existe un segundo escenario, más sofisticado e interesante desde el punto de vista estratégico, que merece ser analizado en serio aunque el PSOE lo haya descartado en campaña: la abstención socialista en segunda vuelta para permitir que Moreno Bonilla gobierne sin Vox.
La lógica es poderosa. Si el PSOE se
abstiene, el PP gobierna, pero lo hace sin el auxilio de Vox, expuesto a la
intemperie legislativa en cada votación. Sin mayoría propia, Moreno Bonilla se
vería obligado a negociar ley a ley, presupuesto a presupuesto, decreto a
decreto. En unos casos buscaría el apoyo de Vox; en otros, para aprobaciones
que la ultraderecha no querría permitir, podría necesitar los votos de los
socialistas o de la izquierda. Un gobierno partido a partido, en permanente
equilibrio inestable.
Este escenario tiene una virtud
democrática indudable: mantiene a Vox fuera del ejecutivo andaluz. Pero exige
del PSOE una generosidad política que María Jesús Montero ha rechazado de
manera explícita durante toda la campaña. Y aquí está la trampa: la izquierda,
sumando sus 41 escaños, no alcanza la gobernabilidad propia bajo ninguna
combinación posible. Por lo tanto, si rechaza la abstención y rechaza el
acuerdo, su influencia en la legislatura será puntual y limitada.
Un PSOE que no se abstiene pero sí
vota "no" consigue que Vox entre en el gobierno. Un PSOE que se
abstiene consigue que el PP gobierne condicionado. La diferencia es enorme, y
la decisión final podría depender menos de los principios que se declaran en
campaña y más del cálculo fríamente electoral de cara a 2030.
Clave
aritmética La izquierda
(PSOE 28 + Adelante 8 + Por Andalucía 5 = 41 escaños) está muy lejos de los 55
necesarios para una mayoría alternativa. Sin el PP o sin la abstención de algún
grupo de derechas, no hay gobierno progresista posible. La única palanca real
de la izquierda es la de impedir, no la de construir.
El gobierno partido a partido: la legislatura del desgaste. Existe un tercer escenario, menos limpio, pero quizás más probable a medio plazo: el PP logra la investidura —ya sea con el apoyo o la abstención de Vox, o con la abstención del PSOE— y comienza una legislatura de geometría variable en la que cada votación se convierte en una negociación separada.
En este marco, la
izquierda adquiere una influencia táctica real, aunque no estructural. Puede
bloquear iniciativas concretas del PP que necesiten votos externos a su bloque,
puede forzar compromisos puntuales en materias sensibles, puede hacer visible
su presencia en cada debate. Pero no puede gobernar. Ni sola, ni en coalición,
ni a distancia.
El resultado
sería un parlamento vivo, ruidoso, lleno de negociaciones cruzadas y de
alianzas improbables. Una legislatura que, paradójicamente, podría ser más rica
en política real —en debate, en presión, en control al ejecutivo— que los
cuatro años de comodidad con los que el PP acaba de terminar.
Para la izquierda
andaluza, ese parlamento incómodo para el PP no es victoria, pero tampoco es
derrota. Es, quizás, el mejor resultado posible dadas las matemáticas. Y saber
leer eso correctamente, sin caer en la autocomplacencia ni en el catastrofismo,
será la clave de lo que venga después.
Cuando el polvo electoral se
asienta, la foto es esta: el PP ha ganado en votos, ha ganado en escaños, ha
ganado en todas las provincias. Y, sin embargo, ha perdido lo que más le
importaba: la comodidad de gobernar sin pedir permiso a nadie. Eso lo ha conseguido
la izquierda. No con una victoria propia, sino con la suma de una movilización
que nadie esperaba tan alta y de un crecimiento de Adelante Andalucía que nadie
había calculado tan fuerte.
Lo que viene ahora será oscuro,
ruidoso y lleno de contradicciones. Vox pedirá su parte. El PP intentará
negociar el menor coste posible. El PSOE tendrá que decidir si la coherencia
declarada en campaña vale más que la influencia real sobre un ejecutivo sin
mayoría. Y la izquierda en su conjunto tendrá que elegir entre ser oposición
simbólica o ser oposición útil.
Ninguna de esas respuestas llegará
esta semana. Pero la pregunta está sobre la mesa. Y la urna, esta vez, la puso
ahí.

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