ESTABILIDAD: GOBERNAR SIN DAR CUENTAS A NADIE
Hay palabras que en política funcionan como trampantojos. Suenan bien, generan consenso reflejo, y precisamente por eso sirven para ocultar lo que realmente significan. "Estabilidad" es hoy la palabra fetiche de Juan Manuel Moreno Bonilla. La repite en cada mitin, en cada entrevista, en cada aparición pública. Pero conviene preguntarse: estabilidad, ¿para qué? ¿Y para quién?
Porque cuando Moreno Bonilla habla de estabilidad no está describiendo un estado de bienestar colectivo. Está describiendo su propia comodidad para gobernar. Él mismo lo ha dicho sin pudor: quiere gobernar "sin ataduras", sin necesidad de pactar con nadie, sin que ninguna otra fuerza política pueda condicionar sus decisiones. Traducido al castellano llano: quiere un cheque en blanco de cuatro años para hacer lo que le plazca sin rendir cuentas a nadie.
Una mayoría absoluta en democracia no debería significar la cancelación del debate político. Debería ser un mandato con límites, sujeto al escrutinio permanente del Parlamento, de los órganos de control y de la ciudadanía. Pero el PP andaluz ha convertido la Cámara autonómica en una sala de aplausos. Cualquier intento de control, de fiscalización o de negociación se presenta en el relato oficial como "lío", como amenaza a esa estabilidad que tanto presume.
¿El resultado? Un Ejecutivo que ha retirado el control previo de la Intervención sobre determinados contratos del Servicio Andaluz de Salud, sustituyéndolo por controles a posteriori, cuando el dinero ya está gastado y comprometido. Un Gobierno cuya Cámara de Cuentas le reprocha falta de transparencia, agencias sin rendir cuentas, fundaciones sin actividad y una "maraña" administrativa que dificulta cualquier fiscalización seria. Y un aparato de contratación que, según las investigaciones en curso de la Fiscalía Anticorrupción, ha derivado en adjudicaciones directas y fraccionamiento de contratos por valor de cientos de millones de euros, eludiendo la concurrencia y la publicidad obligatorias.
Mientras se habla de estabilidad, la sanidad pública andaluza sangra. Los conciertos con clínicas privadas han pasado de 424 a 675 millones de euros anuales. En solo cuatro meses de 2022, la Junta derivó a la sanidad privada más pacientes de los presupuestados para todo el año. Para 2025, macrocontratos por valor de 533 millones financiarán operaciones y pruebas diagnósticas en empresas privadas. Casi la mitad del incremento presupuestario en sanidad va al sector privado.
Lo mismo ocurre en educación. Andalucía se ha convertido en la comunidad que más ha incrementado el gasto en escuela concertada en los últimos cinco años: un 26%, once puntos por encima de la media estatal. Y en Formación Profesional, las plazas privadas autorizadas en el último año cuadruplican a las públicas.
No son accidentes. Son las consecuencias lógicas de gobernar estable... para privatizar.
La estabilidad también se retroalimenta. El gasto en publicidad institucional de la Junta ha crecido un 140% bajo Moreno Bonilla. Y la propia Cámara de Cuentas denuncia que ni siquiera se publica el desglose de a quién va ese dinero, incumpliendo la ley de transparencia. Medios dependientes económicamente de la administración tienen menos incentivos para investigar en profundidad. El relato se consolida. El control se debilita.
Así que la próxima vez que Moreno Bonilla invoque la estabilidad, conviene recordar lo que hay detrás de esa palabra: una sanidad pública asfixiada para abrir paso a los negocios privados; contratos adjudicados a dedo bajo decretos de emergencia; una educación pública que pierde terreno frente a la concertada; unos órganos de control a los que se vacía de competencias; y un Parlamento al que se convierte en comparsa.
Eso es la estabilidad de Moreno Bonilla. No la estabilidad de Andalucía.

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