El espejismo del parche: las listas de espera no se curan con atajos
Hay una mentira cómoda que se repite cada vez que los titulares anuncian un nuevo "plan de choque" sanitario: que el problema se puede resolver sin cambiar nada de fondo. Que basta con un convenio con clínicas privadas, con un presupuesto extraordinario, con una ronda de horas extra bien pagadas. Que la lista de espera es un bache, no una grieta.
No lo es.
En Andalucía, los datos del Ministerio de Sanidad a cierre de 2025 son elocuentes: casi 200.000 personas esperando una intervención quirúrgica, con una demora media de 173 días. Más de 850.000 esperando ver al especialista por primera vez, con una espera media de 136 días. Más de un millón de anotaciones en listas sanitarias. No es una anomalía puntual. Es la fotografía de un sistema al que se le pide que funcione sin darle lo que necesita para hacerlo.
Y ante ese cuadro, la respuesta política suele ser la misma: derivar al privado. Se firman conciertos. Se anuncia un plan. La lista baja algo. El conflicto se enfría. Hasta la próxima vez.
Lo primero que conviene entender es que la derivación de pacientes públicos a la sanidad privada no sale barata. Al contrario: el coste por proceso que asume la administración cuando externaliza una intervención o una consulta es sistemáticamente superior al que tendría si el mismo acto se realizara dentro del sistema público. La clínica privada no es más eficiente: es más cara para el erario. Lo que hace es descargar la presión política del momento a cambio de un precio que pagaremos todos durante años.
Pero hay un coste que no aparece en ninguna factura y que es todavía más grave: el que sufre el propio sistema público. Cada vez que se desvía un flujo de pacientes hacia el exterior, el hospital o el centro de salud pierde actividad, y con ella pierde algo que no se recupera fácilmente: la práctica clínica de sus profesionales, la justificación para mantener ciertas unidades, la masa crítica que sostiene los servicios más especializados. Un quirófano que opera menos pierde capacidad real, no solo estadística. Un especialista que ve menos casos pierde destreza. La derivación sistemática no alivia al sistema público: lo vacía por dentro, lo hace dependiente de la red privada y lo deja cada vez menos preparado para funcionar solo.
Y mientras tanto, los recursos que se destinan a pagar esas derivaciones son recursos que no se invierten en contratar a los profesionales que faltan, en abrir las camas que están cerradas, en sostener la atención primaria que debería resolver los casos antes de que lleguen a la lista de espera.
Cuando el sistema público tarda, una parte de la ciudadanía recibe el mismo mensaje implícito: hazte un seguro. Y muchas personas lo hacen, con el alivio de creer que así han salido de la cola para siempre.
Pero hay algo que la publicidad de las aseguradoras no dice con claridad: el servicio que recibirás depende exactamente de las condiciones en que contrataste la póliza. La letra pequeña no es un detalle. Es el contrato real. Los seguros básicos excluyen especialidades, limitan pruebas diagnósticas, imponen copagos por acto médico y establecen períodos de carencia que dejan desprotegido al asegurado justo cuando más lo necesita.
Y hay un momento en que la trampa se cierra del todo: cuando el diagnóstico es serio. Cuando el tratamiento requiere varias pruebas encadenadas, medicación de alto coste, cirugía compleja o seguimiento prolongado, la aseguradora despliega su verdadera lógica. No es sanitaria. Es financiera. Las autorizaciones se demoran, las derivaciones se complican, los presupuestos se cuestionan. El asegurado empieza a recibir señales, unas veces sutiles y otras no tanto, de que continuar por esa vía va a ser difícil, costoso o directamente inviable. En la práctica, se le está invitando a abandonar el tratamiento o a asumir el coste de su bolsillo.
Dicho de otro modo: el seguro privado funciona razonablemente bien para lo barato y lo sencillo. Para lo caro y lo complicado —que es precisamente cuando una persona más necesita el sistema— tiende a fallar de maneras que no aparecen en el contrato pero que se hacen notar cuando ya no hay margen para volver atrás.
Más profesionales con condiciones laborales que eviten que se vayan. Más atención primaria que resuelva antes de que los problemas lleguen al especialista. Más inversión en prevención, porque cada enfermedad que se evita es una cita que nunca entrará en la lista. Más planificación plurianual que no dependa del año electoral. Y más honestidad política: si el sistema está infradotado, la solución es dotarlo, no buscarle sustitutos que, cuando más se necesitan, también fallan.
Las listas de espera no son inevitables. Son el resultado de decisiones acumuladas durante años: de recortes que no se revertieron, de plantillas que no se reforzaron, de prevención que se pospuso. Resolverlas de verdad exige tomar decisiones distintas. Decisiones que no dan rédito en el próximo ciclo electoral, pero que son las únicas que funcionan.

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