Política para el futuro (4):
Migración en Andalucía:
bienvenidos cuando conviene, invisibles cuando molesta
Hay
una verdad que nadie con responsabilidad política se atreve a decir en voz alta
durante una campaña electoral: Andalucía no funcionaría sin sus trabajadores
migrantes. El 11% de nuestra fuerza laboral es población extranjera. Los
campos de fresas de Huelva, los invernaderos de Almería, las cocinas de
nuestros bares, los cuidados de nuestros mayores: todo eso lo sostienen, en
buena medida, personas que llegaron de fuera. Sin ellas, el sistema de
bienestar andaluz estaría ya en colapso.
Y
sin embargo, en campaña, la migración se convierte en campo de minas. En miedo.
En eslogan.
Mientras
los políticos discuten en los platós, hay unas 12.000 personas viviendo en
asentamientos en Almería y Huelva, sin agua potable, sin luz, en
condiciones que avergonzarían a cualquier sociedad que se llame democrática.
Son las mismas personas que recogen los tomates que comemos y que cotizan —o
cotizarán, si se les deja— para pagar las pensiones de quienes las rechazan.
Esa es la paradoja andaluza.
El
Gobierno central ha aprobado un proceso de regularización extraordinaria
que afectará a unas 60.000 personas en nuestra comunidad. Es un paso, sí. Lo
defienden como "justicia laboral" y "racionalidad
económica". CCOO y UGT lo celebran como una cuestión de dignidad. Pero
organizaciones como APDHA y la plataforma Regularización Ya ponen el
dedo en la llaga: esta reforma sigue siendo utilitarista. Regularizamos
porque nos son útiles, no porque tengan derechos. Y eso, aunque mejor que nada,
no es suficiente.
Vox
y sus altavoces en redes han construido un relato en el que cada migrante es
una amenaza. Reyertas, robos, pérdida de "esencias nacionales". Es
mentira, pero funciona. Y funciona porque nadie la rebate con la misma energía
con la que se lanza. El CIS lo deja claro: la inmigración preocupa mucho como
concepto abstracto, pero casi nada como problema personal y directo. Es un
miedo manufacturado, no vivido.
Lo
trágico es que ese discurso ha conseguido desplazar el debate. Mientras el
agricultor onubense pide papeles para contratar legalmente, el candidato de
turno habla de "control de fronteras". Hay una desconexión brutal
entre lo que necesita Andalucía y lo que se debate en campaña.
Aquí
no caben medias tintas. Desde la izquierda, la posición tiene que ser clara y
valiente:
Primero,
apoyar la regularización extraordinaria, pero exigir que vaya más allá.
No puede ser un trámite burocrático lleno de trampas para quienes solicitaron
asilo o para quienes llevan años trabajando en la economía sumergida que
nosotros mismos hemos tolerado. La regularización tiene que ser un derecho, no
un favor.
Segundo,
atacar de frente el modelo de los asentamientos. Que en 2025 haya miles
de personas sin agua potable a pocos kilómetros de nuestras ciudades es una
vergüenza política de primer orden. Vivienda digna, servicios básicos y
condiciones laborales reguladas: eso no es caridad, es obligación.
Tercero,
cambiar el marco del debate. Dejar de hablar de "gestión de
flujos" y empezar a hablar de ciudadanía. Las segundas generaciones de
familias migrantes son andaluzas. Sus hijos han nacido aquí, van a nuestros
colegios, hablarán con nuestro acento. Si no apostamos por su integración plena
ahora, en veinte años tendremos una sociedad fracturada entre quienes tienen
derechos y quienes solo tienen obligaciones.
Y
cuarto, no ceder ni un milímetro en el relato. Cada vez que la izquierda
acepta el marco del miedo —moderando el tono, poniendo matices innecesarios,
hablando de "migración ordenada"— está dando por bueno que hay algo
que temer. No hay nada que temer. Hay mucho que ganar.
Andalucía
lleva décadas siendo tierra de emigrantes que se fueron y de migrantes que
llegaron. Los dos merecen el mismo respeto. Ya es hora de que la política esté
a la altura.

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