El «Modelo Extremeño»: lo que nos espera si la derecha gobierna en Andalucía
El
acuerdo de gobierno alcanzado en Extremadura entre el PP y Vox no es un hecho
regional aislado. Es un ensayo general. Un PP que dispone de 29 escaños frente
a los 11 de Vox cede en prácticamente toda la agenda ideológica de la
ultraderecha, consolidando un modelo que, de trasladarse a Andalucía, tendría
consecuencias directas sobre derechos, servicios y cohesión social.
Los
ejes del pacto son reveladores. En materia migratoria, se establece el rechazo
frontal a la acogida de menores migrantes no acompañados, la negativa a abrir
nuevos centros de acogida y el uso sistemático de pruebas de determinación de
edad para detectar supuestos «fraudes». En paralelo, el pacto vincula a las ONG
con las mafias de tráfico de personas, alimentando un bulo que criminaliza la
solidaridad.
En
el terreno de los derechos civiles, el colectivo LGTBI directamente no existe
en el documento: ninguna mención, ninguna política, ningún reconocimiento. La
«familia» que se defiende es una sola, la «tradicional», y la natalidad se
convierte en el único horizonte de la política social.
El
pacto incorpora además propuestas de dudosa legalidad —como la prohibición del
burka en espacios públicos o la priorización de españoles en la sanidad— que
chocan con la legislación estatal y sentencias del Tribunal Supremo, pero que
funcionan como señales identitarias de confrontación permanente con el Gobierno
central.
En
política ambiental, se frena el despliegue de energías renovables, se blindan
la caza y el sector primario, y se rechaza explícitamente la Agenda 2030. En
fiscalidad, bajadas de IRPF y bonificaciones en el Impuesto de Sucesiones que,
en la práctica, benefician a las rentas altas a costa del presupuesto público.
Andalucía
es territorio fronterizo, líder en transición energética y la comunidad con
mayor número de personas en riesgo de exclusión social. El «modelo extremeño»
aplicado aquí polarizaría el debate público en torno al miedo migratorio,
recortaría silenciosamente derechos ya conquistados, frenaría la captación de
fondos europeos vinculados a la sostenibilidad y reduciría la inversión pública
bajo la coartada de la bajada fiscal.
Frente
a este programa, la respuesta progresista no puede limitarse a la denuncia
moral. Necesita estrategia concreta.
Primero,
exponer la impostura legal: muchas de las medidas prometidas son
inaplicables. Anunciar restricciones sanitarias o prohibiciones de indumentaria
para ganar votos, sabiendo que los tribunales las tumbarán, es una estafa
política. Hay que nombrarlo así.
Segundo,
defender la justicia fiscal como base de los servicios públicos: cada
euro de bonificación fiscal para grandes patrimonios es un euro menos en lista
de espera, en ratio de alumnos por aula, en ayuda a la dependencia. El discurso
de «dinero en el bolsillo» debe ser contestado con el coste real de esa
promesa.
Tercero,
humanizar el debate migratorio: reivindicar los derechos de la infancia
migrante como una cuestión de dignidad, no de ideología. Los menores no
acompañados son, ante todo, niños y niñas.
Cuarto,
visibilizar lo que el pacto borra: la ausencia del colectivo LGTBI en un
documento de gobierno no es neutralidad, es una decisión política. La izquierda
debe señalarlo y movilizar a todos los sectores afectados por ese borrado
institucional.
Quinto,
vincular ecología y empleo rural: rechazar la Agenda 2030 no es
independencia soberana; es renunciar a los fondos europeos y al futuro
económico de los pueblos andaluces. La transición energética justa genera
empleo donde más falta hace.
El
modelo extremeño ya existe. La pregunta es si Andalucía será el siguiente
laboratorio.

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