Política para el futuro (5):
Cuidados
en Andalucía: un derecho en papel que no llega a quienes lo necesitan
Hay
números que deberían sonrojarnos a todos. En 2025, casi 7.000 personas
fallecieron en Andalucía mientras esperaban recibir la prestación por
dependencia a la que tenían derecho reconocido. No hablamos de personas que no
cumplían los requisitos. Hablamos de personas que habían pasado todos los
filtros, que el sistema había reconocido su situación, y que aun así murieron
esperando. Porque la espera media para completar el procedimiento roza los 490
días. Casi el triple del máximo legal de 180.
Eso
no es un problema de gestión. Es una crisis estructural. Y tiene nombre y
apellidos políticos.
Andalucía
cuenta con un marco normativo que, sobre el papel, es bastante completo: la Ley
estatal de Dependencia, la Ley andaluza de Servicios Sociales y la Ley de
Derechos de las Personas con Discapacidad. También hay recursos: ayuda a
domicilio, teleasistencia, centros de día, residencias. Nadie dice que no
exista nada.
El
problema es la enorme brecha entre el derecho reconocido y el acceso real. Más
de 44.000 personas están en lista de espera. Los servicios sociales
comunitarios —la puerta de entrada del sistema— funcionan con plantillas
"bajo mínimos", como reconocen los propios municipios. Y cuando la
Junta anuncia medidas para aliviar esto, como 140 nuevos puestos en la agencia
de dependencia, las organizaciones de mayores responden lo mismo: es
insuficiente. Rotundamente insuficiente.
A
esto hay que añadir los copagos. Sí, en un sistema que se vende como universal
y de derecho, las personas mayores pagan de su bolsillo por servicios básicos.
El precio de la comida en los centros de participación ha subido hasta 5,6
euros diarios. Para quien cobra una pensión mínima, eso es una barrera real. No
teórica.
El
gobierno andaluz del PP ha apostado por ampliar plazas concertadas con el
sector privado. Fondos europeos mediante, también ha creado los llamados
centros de cuidados intermedios. No hay que negar que algo se ha movido. Pero
la lógica de fondo no cambia: más externalizaciones, más colaboración
público-privada, copagos que se mantienen y servicios sociales públicos que
aguantan como pueden.
¿El
resultado? Un sistema que tiende a la dualización: quienes tienen recursos
complementan lo público con servicios privados, quienes no los tienen se quedan
en la cola. Una cola que, ya lo hemos visto, para miles de personas termina
siendo definitiva.
Frente
a este modelo, las izquierdas plantean algo diferente, aunque con sus propios
matices. El eje común es claro: reforzar la red pública directa, no el
concierto con privados. Hay propuestas de plan de choque para llegar a lista de
espera cero en dependencia, fijar plazos máximos reales, aumentar inversión
social de forma significativa y municipalizar servicios de ayuda a domicilio
para que la gestión esté más cerca de la gente.
Se
busca poner el foco en los recursos sociosanitarios más complejos y en los
equipos de paliativos domiciliarios, que hoy son claramente insuficientes. Incluso
se va un paso más allá y se propone remunicipalizar servicios que se han
externalizado, con un enfoque comunitario y de proximidad que pone a las
personas, no a los contratos, en el centro.
En
materia de discapacidad, la izquierda defiende la transversalidad —que la
discapacidad esté en todas las políticas, no en un cajón aparte— y la figura
del asistente personal como derecho real, no como excepción.
Detrás
de cada persona en lista de espera hay una familia que está cargando con lo que
el sistema no cubre. Y esa carga cae, de manera desproporcionada, sobre las
mujeres. No es casualidad: es la consecuencia de un modelo que sigue contando
con el cuidado informal y gratuito como colchón del sistema.
Andalucía
puede hacerlo mejor. Tiene la normativa. Tiene los recursos europeos. Le falta
la voluntad política de convertir los derechos en realidad, y eso solo cambia
cuando cambia quién gobierna y qué prioriza.
Los
números no mienten. 7.000 personas no esperan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario