lunes, 4 de mayo de 2026


"Que no nos metamos en un lío": la coartada perfecta de Moreno Bonilla

Detrás del aparente pragmatismo electoral, la misma hoja de ruta de siempre: privatizar, ignorar y gobernar para unos pocos. Y una advertencia urgente: la abstención de la izquierda es el mejor regalo que le podemos hacer.

Juanma Moreno Bonilla lo dijo con esa naturalidad que tanto cultiva, con ese tono de hombre razonable que nunca busca bronca: "Que no nos metamos en un lío." La frase, pronunciada en referencia a la aritmética parlamentaria que le obliga a negociar con Vox, sonó casi a consejo de vecino. Pero detrás de ese aparente sentido común se esconde algo mucho más revelador: la confesión de que lo que de verdad le importa no es el lío con la ultraderecha, sino la comodidad de no depender de nadie para seguir haciendo lo que lleva años haciendo.

"No nos metamos en un lío" es, traducido al castellano político, una sola frase: dejadme gobernar sin que nadie me pida cuentas.

Porque el problema de Moreno Bonilla no es Vox. El problema es que cualquier socio —de derechas o de izquierdas— que tuviera algo que decir podría cuestionar, ralentizar o condicionar una agenda de gobierno que ha funcionado con una lógica muy clara: menos Estado, más mercado; menos derechos colectivos, más ventajas individuales para quienes ya las tienen.

La Junta de Andalucía lleva años en ese camino. Las privatizaciones de servicios públicos no son un accidente ni una imposición de la crisis: son una elección política. La sanidad pública andaluza pierde plazas, cierra servicios y expulsa hacia lo privado a quienes pueden pagárselo y abandona al resto. La educación concertada crece mientras la escuela pública se descapitaliza. El parque de vivienda pública sigue siendo uno de los más raquíticos de Europa. Y los salarios, especialmente en un mercado laboral tan precarizado como el andaluz, siguen siendo la asignatura perpetuamente suspendida.

Las urgencias reales de Andalucía se pueden resumir con cuatro palabras: Vivienda asequible, Salarios dignos, Sanidad pública eficiente, Educación para todos

Ninguna de estas prioridades aparece en el centro de la acción de gobierno del PP andaluz. Lo que sí aparece, con puntualidad notable, son los recortes fiscales que benefician a las rentas más altas, las concesiones a promotores y constructoras, los conciertos con la medicina privada y una retórica del esfuerzo personal que funciona muy bien en los discursos pero que no paga el alquiler de nadie.

Vox, en este esquema, era un aliado incómodo pero manejable mientras duró. Ahora, la aritmética podría obligar a nuevos pactos. Y eso no le gusta a Moreno Bonilla. No porque Vox sea incompatible con sus valores —ya gobernaron juntos sin demasiados dramas— sino porque cualquier dependencia parlamentaria introduce una variable que él no controla. Dicho esto, conviene ser muy claros: si Moreno Bonilla necesita hacer política de derechas, el socio natural para ello existe y tiene nombre. Que no se escude en la búsqueda de una mayoría propia para presentarse como un centrista moderado. Si su programa es el de la derecha dura, que lo negocie con Vox, que para eso están, y que los andaluces sepan exactamente con quién y para qué gobiernan.

Que no nos vendan moderación envuelta en mayoría absoluta. Si quiere hacer política de derechas, que la haga con Vox: al menos así todos sabremos lo que hay.

La mayoría absoluta no es para el presidente andaluz una herramienta al servicio de los andaluces. Es una garantía de que nadie, ni a su derecha ni en ningún otro lado, podrá pedirle que desvíe el rumbo. Que no haya que negociar bajadas de alquiler a cambio de presupuestos. Que no haya que explicar por qué hay listas de espera inasumibles en los hospitales públicos. Que no haya que comprometerse con nada que no esté ya en el guión.

Y aquí es donde entra la advertencia más importante de este artículo, la que no puede quedarse en letra pequeña: el mayor aliado de Moreno Bonilla no es Vox. Es la abstención de la izquierda.

En Andalucía, la abstención estructural de amplios sectores del electorado progresista permite que una minoría del censo real gobierne con mayoría absoluta. Quedarse en casa no es neutralidad: es un voto activo a favor del que ya manda.

Que no nos convenzan con el argumento del voto útil. Esa trampa retórica, que reaparece en cada ciclo electoral como si fuera nueva, lo que hace en realidad es empobrecer la representación política, ahogar a fuerzas que articulan demandas legítimas y concentrar el voto en siglas que luego no siempre se sienten obligadas a defender con firmeza. Votar a quien uno verdaderamente representa no es tirar el voto: es ejercer la democracia.

Quedarse en casa pensando que "todos son iguales" o que "no sirve de nada" es exactamente el resultado que el PP necesita para gobernar solo, sin rendir cuentas a nadie.

La izquierda andaluza tiene una tarea que va más allá de los programas electorales: recuperar la convicción de que participar importa. Salir a votar, convencer al vecino, movilizar a quien lleva años desencantado. No porque las opciones disponibles sean perfectas —no lo son— sino porque la alternativa a la participación es dejar que una cuarta parte del censo decida por todos los demás.

"Que no nos metamos en un lío" es, en definitiva, una declaración de intenciones disfrazada de prudencia. El lío que quiere evitar Moreno Bonilla no es el lío político. Es el lío de que alguien, por fin, le exija gobernar para todos. Y ese lío, el único que merece la pena, solo se organiza desde las urnas.

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